3 de Junio de 2002

Número 37
Nueva Época
Página 14



¿Morir o resucitar?

Íñigo Pintos

Morir es parte de la vida, es el “final” al todos estamos destinados. ¿Quién no ha sufrido la definitiva ausencia que deja la muerte de un padre, una madre, hijo, hermano, pariente o amigo? ¿Quién, a pesar del paso del tiempo, ha podido dejar de extrañarle, recordarle o de soñarlo? Hay días en que los recuerdos se agolpan con mayor ímpetu, que las emociones resurgen con la intensidad, el impacto y la fuerza de los primeros instantes. Hay cosas que nunca se olvidan, que el tiempo no cura, que para siempre formarán parte de nuestra vida. Así es, casi sobra decirlo.

Sí, morir es parte de la vida, pero Resucitar es parte de la muerte y decir esto, recordarlo, no sobra. No sobra porque no es transparente, porque no es tan cotidiano a nuestros ojos como la vida y la muerte, porque en el último de los casos, requiere de nuestra reflexión y de la Fe.

Por amor, Dios nos ha creado y no quiere que ninguno de nosotros, sus hijos, se pierda. Pero todos pecamos y, según nos recuerda San Pablo, la muerte es el salario del pecado. Cabe recordar que San Pablo no se refiere a la muerte en la forma en que cotidianamente la entendemos. La verdadera muerte a la que el santo se refiere, a la que verdaderamente debemos tener miedo, es la separación definitiva de Dios, quien es la verdadera Vida. La otra muerte, la que nos marca por la ausencia, la que lloramos, es necesaria porque aquí todo lo que inicia termina, esa muerte sólo es un paso a otra forma de vida. Por supuesto que todos quisiéramos retardarla lo más posible, claro que duele. ¿Cómo no va a doler la experiencia de mirar que se apaga una vida que, como si fuera la luz de una vela, se acaba y deja de alumbrarnos y de enriquecer nuestra vida con la suya?

La buena noticia del evangelio también es que tanto ama Dios al mundo que nos envió a Jesús, su Hijo único para que creyendo en Él, y por Él, el mundo se salve, ¿se salve de qué? Para que se salve de la verdadera muerte: estar separados definitivamente de Dios que es la Vida. Sí, también Jesús murió, murió por ti y por mí y por todos aquellos que por ahora ya no están con nosotros; murió por nuestros pecados. También a su madre y sus amigos les dolió y lo lloraron, como nosotros hemos llorado a nuestros difuntos al saber que no nos volveremos a ver reflejados en sus ojos, que no sentiremos más sobre nuestra piel el tibio roce de la de ellos, que por un tiempo no los volveremos a ver, en fin, que ya no escucharemos sus voces; pero con su resurrección Jesús venció a la muerte para que por Él también todos nosotros algún día resucitemos.

Narra San Juan en su evangelio, que al amanecer del tercer día fue María Magdalena al sepulcro... y lo encontró vacío, y que lloró porque ya ni siquiera los restos de su amigo estaban... lloró como lloramos nosotros, con lágrimas humanas cuando no queda nada, cuando lo irrecuperable se ha ido, cuando la ausencia es irremplazable y sólo queda un vacío, pero la Magdalena enjuagó sus ojos y al hacerlo descubrió que su amigo Jesús estaba vivo.

Lo cierto es que aquí todos estamos de paso, sólo somos peregrinos hacia la plenitud en Aquél que es Amor, que es nuestro origen y destino o, dicho con las palabras de otro, “nos hiciste para Ti, Señor, y nuestro corazón estará inquieto hasta encontrarte”.

Mientras el momento del encuentro final llega, como la Magdalena, limpia tus lágrimas, consuela tu corazón, no tengas miedo, Jesús ha vencido a la muerte, Jesús está vivo. Seca tus lágrimas para poder mirar y reconocer al Resucitado. Algún día, como nuestros seres queridos, también nosotros a través de la muerte iremos al encuentro de Aquél que es Amor y Vida, y seguramente en Él nos reencontraremos con aquellos que ahora lloramos y extrañamos, seguramente seguirán siendo nuestros amigos y todos formaremos parte de una gran familia.

¡No tengas miedo, Jesús está Vivo!


13
   
portada