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7 de junio Número 122
Nueva Época |
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Caminando por un territorio hermenéutico. Los horizontes de sentido para un hombre peregrinoAlexandre S.F. de Pomposo* |
El miércoles 19 de mayo tuvo lugar nuestra quinta mesa redonda sobre Ciencia y Teología 1 . En ella se escudriñó en el pensamiento del ponente, habiendo versado éste en la rica metáfora del camino de la vida del hombre; imagen propia de la temporalidad, icono del viajero y referencia a lo transitorio. Con no poco tino comenzó el expositor mencionando que el conocimiento, como proceso del entendimiento, es siempre individual y personal; así, el hombre será inevitablemente el punto de partida en el desvelamiento de los sucesivos horizontes de su existencia, que culminarán en el horizonte absoluto 2 . Aunque en la conferencia se dice explícitamente que la teología cristiana ilumina el resto del conocimiento humano, se trata en realidad de una tarea por realizar, especialmente en el ámbito de las ciencias llamadas “duras” (sobre todo la física). Los horizontes que van surgiendo en la acción deambulatoria del hombre por la vida pueden ser ora las experiencias personales de toda índole, ora las corrientes de pensamiento que las ciencias, la filosofía o la teología proponen. Es el horizonte religioso el único que siempre se pretende definitivo pues, siendo oculto, es el más misterioso de todos y, armado de ese misterio, afronta al intelecto humano. Luego, ¿existe algún punto de vista en el que no se privilegie ningún horizonte en particular? Más aún, si se adopta la perspectiva de un horizonte trinitario, con la dinámica que le es propia 3, se querrá descubrir esa lógica interna en movimiento dentro de la realidad toda; ya sea lo antropológico, lo sociológico, lo científico o lo artístico, ahí se buscará el “misterio de amor que se expande en un prodigioso universo” 4 . Como las olas golpean una y otra vez la playa para recordarle a ésta que “tú eres tierra y yo soy mar”, así iteradamente descubrimos que hay un abismo insorteable entre el fenómeno y el lenguaje que lo quiere expresar. Esta es la razón de que se deban fundamentar más y más el o los puntos en común entre lo que mueve a las ciencias y lo que mueve a la teología. En efecto, la falacia de un sistema cerrado en la teología o de otro igualmente cerrado en las ciencias, mostrará que no hay traslapo alguno entre ambos cotos. Como ver es una función de la vista, creer es una función de la infancia 5, y sólo los niños saben que el horizonte, aunque se vea como una línea limitante, sólo marca en comienzo de lo invisible. Desde el horizonte como el límite del conocimiento (Kant), hasta ese “trato con las cosas” que fija el horizonte (Zubiri), pasando por nuestra construcción de un horizonte vital (Ortega y Gasset), el hombre recorre su camino pensando, actuando, soñando… Capaz de los ideales más excelsos, como de las peores pesadillas, siempre será “un dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa”. *Académico de Tiempo de la Dirección de Servicios para la Formación Integral La última de esta serie de encuentros y que se basó en la conferencia impartida por Lucio Florio, teólogo sistemático y catedrático de la Universidad Católica Argentina. 2 Obviamente, esto desde un punto de vista cristiano y, más en particular, trinitario. 3 A saber, la comunión de amor sin confusión de las Personas que la conforman, la unión substancial que Aristóteles no llegó a conocer. 4 Cita textual de Lucio Florio. 5 No del infantilismo. |
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