7 de junio Número 122

Nueva Época
Capilla



Señor Jesús, tú eres mi todo

 

Card. Carlo M. Martini, SJ*

¡Dios mío, tú eres mi todo!
Te adoro,
te amo con todo el corazón,
te doy gracias por haberme creado
y haberme llamado a ser hijo tuyo
en Jesucristo, por medio del bautismo,
haciéndome miembro vivo
de esta Iglesia ambrosiana,
conservándome hasta este momento
en tu amor
por la gracia del Espíritu Santo.

Te ofrezco mi confesión de alabanza,
llena de gratitud y de esperanza,
y deseo vivir según la fe
recibida en el bautismo,
orando, amando, sufriendo y muriendo
como vivió, amó, oró, sufrió
y murió por nosotros
tu Hijo Jesucristo,
en el cual yo también soy hijo tuyo,
como tú eres Padre para mí en Jesús, mi Señor,
en el Espíritu de verdad y de amor,
en la comunión de la Iglesia católica,
vivida en esta Iglesia de Milán.

Acoge este deseo y este compromiso
como acogiste las primicias de los frutos
de tus hijos cuando llegaron a la tierra prometida.
Amén. ¡Aleluya!

Señor Jesús,
tú sabes cómo experimento
los afanes de la condición humana,
el peso de la injusticia y de la fragilidad,
de la mezquindad y del miedo a amar:
gracias por haber venido a mi encuentro
en tu Palabra y en los sacramentos;
gracias por haberme acogido contigo
en el corazón del Padre,
atrayéndome con el Espíritu
a vivir el desierto fecundo de la oración,
donde hablas a lo profundo de mi corazón.
Haz que yo sepa recibir siempre
con atención y reverencia tus palabras
para entrar a través de ellas
en el misterio santo de Dios
a caminar por los senderos del silencio
bajo la guía y con el consuelo del Espíritu.
Ayúdame a beber continuamente
el agua viva de tu gracia
de las fuentes sacramentales de la Iglesia,
y dame la humildad y la docilidad de corazón
para que acepte dejarme guiar
con confianza y con amor
por quien me ofreces como maestro y pastor
por los caminos de la fe.

Hazme vigilante y atento
en el discernimiento de la voluntad del Padre,
para que pueda en todo llevar a cumplimiento
la vocación con la que Él me ha querido
y me ha amado desde siempre.
En la hora del dolor y de la prueba,
dame la certeza de que no estoy solo,
sino de saberte y quererte cerca
para vivir contigo mi ofrenda
en el seguimiento humilde y confiado de ti.
Y haz que, por esta acogida
perseverante y fiel de tus dones,
sea engendrado siempre de nuevo
como hijo de la luz
y sepa recorrer
con mis compañeros de fe y de vida
caminos de santidad
que hagan de nosotros
tu pueblo resplandeciente de luz y de esperanza
en esta tierra bendita [...]
Amén ¡Aleluya!

*Tomado de: Martini, Mis tres ciudades, un coloquio revelador. De: Gian Franco Ravasi, Editorial Ciudad Nueva, 2003, España.

Enviado por el Centro Universitario Ignaciano