17 de enero Número 145

Nueva Época
Página 8

El hostigamiento sexual en las universidades mexicanas

*Dr. Pedro Flores-Crespo y Mtra. Marisol Silva Laya

Hace unas semanas, el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres) emprendió su campaña en todo el país contra el hostigamiento sexual. Su objetivo es combatir esta práctica discriminatoria. Según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), una de cada cuatro mujeres es despedida y cuatro de cada diez renuncian a su empleo por causa del hostigamiento sexual.

El Inmujeres señala que esta campaña será difundida a través de radio, televisión, prensa y en espacios públicos como las estaciones del Metro de la ciudad de México y Guadalajara. Tiene como propósito fomentar la denuncia de acciones de iniquidad y asedio que sufren las mujeres en su ámbito laboral.

Otro dato que revela el Inmujeres, prueba de la poca atención que tanto gobierno como sociedad le han dado a este problema, es que el hostigamiento sexual se encuentra consignado en el Código Penal para la Federación y en legislaciones de sólo 17 estados de la República Mexicana: Baja California, Colima, Chiapas, Chihuahua, Guerrero, Hidalgo, Jalisco, Estado de México, Morelos, Nuevo León, Querétaro, Sinaloa, Sonora, Tabasco, Yucatán, Zacatecas y el Distrito Federal

¿Y qué hay de las otras 15 entidades federativas? ¿Acaso en Aguascalientes, Baja California Sur, Campeche, Coahuila, Durango, Guanajuato, Michoacán, Nayarit, Oaxaca, Puebla, Quintana Roo, San Luis Potosí, Tamaulipas, Tlaxcala y Veracruz no hay necesidad de legislar al respecto? ¿Por qué los gobernadores y sociedades de estas entidades han sido tan indiferentes al problema que no han presentado iniciativas que generen cambios legales? ¿No será ya hora de que algunas primeras damas de estas entidades asuman la promoción de políticas inteligentes orientadas a combatir las prácticas denigrativas en sus estados?

El Inmujeres sostiene que el Código Penal de la Federación, en su artículo 259 bis, hace referencia a los delitos contra la libertad y el normal desarrollo psicosexual. Ahí dice que quien, con “fines lascivos asedie reiteradamente a personas de cualquier sexo valiéndose de su posición jerárquica derivada de sus relaciones laborales, docentes, domésticas o cualquier otra que implique subordinación”, se le impondrá una sanción de hasta cuarenta días de multa.

De este enunciado se desprenden, por lo menos, dos puntos que deben discutirse ampliamente. El primero, y el que más salta a la vista, es el mínimo peso del castigo al hostigador, sobre todo si lo comparamos con el daño que éste puede causarle a la parte ofendida, como la pérdida de su empleo. Pero éste es asunto de los expertos penalistas. Lo que sí es materia de análisis entre universitarios es el segundo punto: a qué grado los docentes se valen de su posición jerárquica para asediar sexualmente al alumnado.

Hace poco, el que suscribe asistió a un congreso internacional de formación de profesores universitarios, cuyas sesiones temáticas hicieron énfasis en el enfoque de género. Después de escuchar en un panel a algunas académicas mexicanas decir que en sus universidades diseñaban los planes de estudio tomando en cuenta valores como el respeto y la tolerancia, un maestro preguntó qué estaban haciendo sus instituciones para prevenir el acoso sexual de los docentes a los alumnos, el cual, dijo, podría afectar profundamente la trayectoria escolar del educando.

Un poco sorprendidas por la pregunta, las maestras reaccionaron diciendo que estos problemas ocurren dentro de sus universidades pero no se hace gran cosa para combatirlo sino que al contrario, una de las académicas comentó que los “maestros libidinosos” siguen dando clases debido a la protección que en ocasiones les brinda el sindicato o los directivos. Hasta ese momento, era claro que el hostigamiento sexual en algunas universidades era un problema latente y que, de acuerdo con los testimonios de las maestras, se vislumbraban muy pocas posibilidades de combatirlo, pues algunos actores de la universidad solapaban dichas prácticas.

Un maestro de edad avanzada tomó la palabra y se dirigió al docente que había interpelado a las académicas y le dijo: “Le voy a contestar al joven. Mire, yo siempre he sido acosado por las mujeres y no me quejo”. La puntada despertó risas y hasta aplausos de algunos profesores, pero también generó, por fortuna, la reflexión de otros académicos quienes discutieron —— gracias al desafortunado chascarrillo —— que el varón percibe el hostigamiento sexual de una forma diametralmente opuesta a como lo hace una mujer: para el hombre, el asedio de una mujer se traduce en “ligue” o conquista donjuanesca. ¿Será esto un reflejo esto del machismo?

Hasta donde tenemos conocimiento, no existen estudios que traten el tema del hostigamiento sexual en las universidades mexicanas y que revelen datos como qué sexo es el más acosado; en qué dirección ocurre tal fenómeno (¿docente-alumna?, ¿alumno-alumna?, o viceversa), o en cuál contexto socioeconómico se presenta con mayor intensidad y si ocurre por igual en universidades públicas y privadas.

Otra dimensión del problema que vale la pena analizar es la que se refiere a las consecuencias que tiene dicha práctica discriminatoria en la trayectoria escolar del joven. Este punto es importante pues, como bien señala el Inmujeres, el hostigamiento sexual limita el ejercicio de un derecho: el de la educación.

¿Se han preguntado en la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior cuántos alumnos abandonan sus estudios de nivel superior por ser asediados por sus profesores? ¿Hay mecanismos institucionales en las universidades para denunciar, cómo el Inmujeres podría pretender, el hostigamiento sexual? ¿No sería bueno tener un tipo de ombudsman en las instituciones de educación superior que vele por los derechos humanos, civiles y sexuales de las jóvenes universitarios? Preguntas que nos conducen a pensar en el funcionamiento real de las universidades en México y sus limitaciones institucionales para asegurar la verdadera promoción del respeto.

*Investigadores del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación, Inide, de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México

 

 



7
Portada
10