7 de febrero Número 148 Nueva Época |
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Semana Tarahumara |
Del 7 al 11 de febrero se está llevando a cabo la Semana de la Tarahumara en la cual la Ibero, a través del la Dirección de Difusión Cultural y el Departamento de Salud, abre un espacio de participación cultural y académica para ofrecer a la comunidad universitaria la posibilidad de asomarse a esta región del país y conocer e involucrarse en los proyectos sociales que allí se desarrollan. Esta Semana contempla, además de una conferencia en la que participarán miembros de Fundación José A. Llaguno y académicos de la UIA, una jornada cultural estudiantil muy importante. En ésta, jóvenes universitarios de los Talleres Artísticos presentarán un concierto del Ensamble de Música Clásica y una exposición con fotografías, dibujos y textos elaborados por ellos mismos donde relatan la experiencia que vivieron al ser invitados por la Fundación, en diciembre pasado, a ofrecer tres conciertos en las comunidades Norogachi, Sisoguichi y Creel, en la Sierra Tarahumara. Tarahumara: Tierra de filósofos Fortino Acosta M.* Un día antes de la celebración de la Virgen Guadalupe, quince peregrinos, músicos, pintores, fotógrafos y poetas, visitamos un templo más grande que Compostela, Canterbury y Santa Sofía juntos: la sierra Tarahumara, un lugar para volver a creer. En Norogachi, cabecera dentro de la Tarahumara, ascendimos hasta llegar a caminar junto al sol. Es en estos extremos donde empezamos a descubrir las mezclas primarias de la naturaleza: barrancas de piedras, pinos y algunos hilos de agua que corren por algún contorno de la sierra. Los rarámuris (tarahumara es una hispanización del nombre indígena rarámuri que etimológicamente significa “planta (del pie) corredora”) se pasean en los márgenes de una huella digital que crece del mundo; corren en lluvia, vuelan junto con las hojas en otoño, contemplan los símbolos que el viento de invierno forma. Los tarahumaras se prepararon para la danza de los matachines que comenzaba al hundirse el último rayo de sol. Los rarámuris hombres, que no formaban parte de la danza, visten sobre su cabeza una “kowera” o lienzo con varios dobleces terminado en dos puntas (dualidad hombre/mujer), o vestido con ropa occidental y su sombrero vaquero blanco. Los matachines (introducción de la colonia en el siglo XVIII), se bañaban en telas de colores de la cabeza a los pies, coronándose con un prisma rectangular hecho de cuatro espejos que recuerda al “jíkuri” o peyote, formado por cuatro caras que lo ve todo, llevando también consigo sonajas y bastones. A un ritmo de violines empieza el baile junto al atrio, donde los matachines forman una o varias filas dando vueltas sobre sí mismos como reverencia a nuestra señora. Por otro lado, las mujeres y los niños pequeños se congregan dentro de la iglesia, sentándose en el suelo formando un tejido de colores que ilumina la iglesia, creando un gran rosetón viviente que recuerda las visiones policromáticas del jíkuri. Una misa se desdobla en la fría medianoche; los rezos son ceremoniosos y suaves. Una vaca o un chivo son sacrificados para el compartir de mañana. Al terminar: el tesgüino (bebida de maíz fermentado) va de boca en boca. La fiesta es el momento social, económico y político. Cada domingo, el gobernador debe reunirse con toda la comunidad para responder a sus necesidades. Este servidor público es elegido por consenso y puede ser sustituido en cualquier momento por el mismo pueblo, sino es útil a los intereses de la comunidad. Es un puesto de honor, una autoridad moral, por lo que no tiene remuneración alguna. Después de Norogachi, viajamos a Sisogichi; aquí se encuentra la iglesia donde descansan los misioneros que han venido no a educar, sino a compartir (“korima”) su trascendencia a la naturaleza. La vida de los rarámuris gira alrededor de la contemplación, dedicados a la gloria de la Tierra. Ascienden tan alto, que las minas ya no son de oro o plata, sino de estrellas. Recorren con su juego de bola o trenza, los márgenes de la Vía Láctea. Ellos son los únicos sobrevivientes de este mundo que han exaltado a la naturaleza con la naturaleza misma. De regreso de viaje, donde no hay culto al lucero de la mañana ni a los faunos silvestres, me siento extrañado que no exista esa natural y justa distribución interna de compartir; y esa serenidad de contemplar el baile de títeres que cubren la Verdad. Atravesando los ríos y los bosques; atravesando los ritos y los movimientos; atravesando las profundas exaltaciones; rápidamente y sin parar recorren la Totalidad. *Alumno del Taller de Creación Literaria Mtro. José Antonio Farías Hernández* Paisaje e indios . Lo primero que destaca al subir a la sierra es el arroyuelo, compañero de la carretera por cientos de kilómetros, siempre con un hilillo de agua medio congelada. En Creel, villa mestiza, el humo de los fogones de las casas. Ahí, en las afueras, está el centro Ichiméame, nuestro albergue. Un cielo abrumadoramente estrellado nos recibió. Recuerdo haberme detenido en el perfil negro de un pino al que vestían como árbol navideño varias estrellas. Típica paradoja mexicana: a la mañana siguiente el camino estaba hecho una porquería, brillando en el suelo vidrios, envases y todo tipo de envolturas. Norogachi: en el atrio del enorme convento, las rarámuris se congregan para la fiesta guadalupana.1a.m.En el interior de una larga iglesita, entran comparsas masculinas danzando en fila. Ahí el alucinante encuentro: el voluptuoso barroco de nuestro ensamble con el minimalismo de sus dos violines y guitarra. Detalles sincréticos: mientras danzaban con su típico y colorido traje hecho arriba con capas de mascadas amarradas, observé cómo no faltaban las del Cruz Azul y las Chivas, lo cual contrastaba con su estado de trance. Posteriormente, vi al grupo del gobernador tomando tesgüino alrededor de un fogón, todos con brillantes bolsitas en las manos; eran galletas regaladas por el poderoso empresario regiomontano Don Galleto. Derechos ambientales : el bosque frío de esta sierra es imponente; con claros donde se apilan colosales prismas de piedra en equilibrio, sinuosos y sombríos cañones con angostos ríos. Siempre caminado por indios. Toda la sierra está cruzada por veredas, y cuando se saluda a un tarahumara: “¡eh, cómo estás!”, la típica respuesta es “¡aquí, paseando”! Al pasar por un ejido supimos que era el lugar de los mejores pinos, especie de sementales que cinco hombres no podían circundar. Se los acabaron en unas décadas. Los comisariados solían ir a desayunar a Chihuahua en avioneta. También gente poderosa de este mismo estado arrasó el bosque con concesiones exclusivas. Los guardabosques marcaban los pinos más grandes, no para protegerlos, sino para ser cortados. Como resultado tenemos un bosque de pinos jóvenes. El polvoso museo de Creel confirma el ecocidio: en una vieja foto dos leñadores “gringos” cortan un pino posando de pie sobre los extremos de un inmenso serrucho manual; el árbol atravesado a medio cuerpo como si se tratara de la Columna de la Independencia. ¿Qué dice el rarámuri a todo esto? “Si mestizo corta árboles, ha de ser porque lo necesita”. Es así como han sobrevivido sin ser arrasados.
*Alumno del Taller de Creación Literaria
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