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6 de septiembre de 1999 Número 43 |
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Teología hecha imagen: una nueva interpretación de un fresco de Miguel Angel |
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l Dr. Heinrich Pfeiffer, nacido en Tubinga (Alemania) en 1939, se describe como un jesuita "investigador de la belleza". Este eminente catedrático de arte de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma impartió en la Universidad Iberoamericana dos cursos sobre iconografía, y en el marco de una entrevista, nos ofreció una breve cátedra sobre uno de los frescos que Miguel Ángel pintó en la Capilla Sixtina. "El arte sacro es estudiado generalmente según el estilo, según la escuela o según la forma. Esto representa, sin embargo, sólo la mitad del estudio. Si no conocemos la verdadera intención del artista al plasmar tal o cual escena, perdemos muchas de las claves de su obra. Así, los frescos de la Sixtina no se han comprendido bien. Se deben estudiar los textos de la espiritualidad cristiana que pudieron haber influido en Miguel Ángel. Si encontramos alguna diferencia entre la escena descrita por la Biblia y la escena creada por el pintor, debemos ir a escritos que nos permitan explicar detalles aparentemente inexplicables". El primer profeta, situado justo sobre la entrada de la capilla, aparentemente simboliza la concentración que antecede a un trance espiritual. Zacarías es un anciano robusto que, sentado en un trono, busca en un libro el pasaje que le ha sido revelado y sobre el que meditará. Su gesto frente arrugada, cejas unidas y labios entreabiertos muestra, aparentemente, a un intelectual en extrema atención...
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Todas las imágenes de los profetas en la Capilla Sixtina están acompañadas de dos figuras más, para las que no se ha encontrado una explicación satisfactoria. En opinión del Dr. Pfeiffer, detrás de esto se encuentra San Agustín, quien explica que el alma del hombre se compone de memoria, intelecto y voluntad, como un reflejo de la Trinidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Seguramente, Miguel Ángel conocía esto; así, al ser Zacarías un retrato de Julio II, lo plasma como únicamente compuesto de voluntad. Detrás de él aparecen una niña: la memoria, y un niño: el intelecto, que están separados del Papa. Recordemos que Miguel Ángel se consideró agraviado por el pontífice, al ordenarle éste que interrumpiera inmediatamente y sin excusas su trabajo escultórico para pintar la Capilla. La placa con el nombre del profeta se encuentra justo arriba del escudo de armas de Julio Della Rovere, el Papa Julio II, quién encargó a Miguel Ángel la decoración de la bóveda sixtina. ...pero en Miguel Ángel, como en todo gran artista, lo aparente sólo esconde lo esencial.
La mirada se encuentra en penumbras y los dedos pasan las hojas una tras otra: para el Dr. Pfeiffer, "éste no es el retrato de un hombre de intelecto, sino de un arbitrario acostumbrado a actuar sólo con la voluntad". Giorgio Vasari parece estar de acuerdo con esta interpretación, cuando afirma que el Zacarías de Miguel Ángel "sostiene un libro en el que busca algo que no encuentra". Todo posee una clave interpretativa: por ejemplo, el color verde simboliza la esperanza; el rojo, la caridad, y el blanco, la fe. Los colores en Miguel Ángel, afirma el Dr. Pfeiffer, no obedecen a un cierto equilibrio cromático, ni siquiera a una elección libre, sino a una voluntad por comunicar esta clave. Así, el amarillo bilioso del manto del profeta Zacarías está rodeado por una tela verde que le cae sobre las piernas, y un pequeño borde rojo que corre sobre su espalda... el contorno redondeado de su pesado manto lo envuelve como si se encontrara dentro de una concha; esto simboliza un alma encerrada, que aún no despierta a la verdadera vida. AGZ
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