22 de noviembre de 1999

Número 54
Página 7

 

Un homenaje a los jesuitas mártiresde la UCA
a diez años de su muerte

Los rectores de la UIA y el ITESO se solidarizan con el Prodh

El Consejo de Educación Superior de la Compañía de Jesús, que agrupa a los planteles de la Universidad Iberoamericana y al ITESO hizo un pronunciamiento público el lunes 8 de noviembre, para mostrar su solidaridad con el trabajo que realiza el Centro de Derechos Humanos Pro Juárez, así como para condenar las agresiones de que ha sido objeto. En el mismo comunicado se pide a las autoridades el esclarecimiento del origen de estos ataques, así como garantías para la seguridad de quienes trabajan a favor de los derechos básicos de toda la población.

E
l día 15 de noviembre de 1989, en plena guerra civil, la capital de El Salvador era escenario de una gran ofensiva guerrillera del FMLN: en la oscura noche de una ciudad sin energía eléctrica regía el toque de queda. Algunas horas antes, varios oficiales del ejército salvadoreño decidieron tomar medidas extremas; una de ellas, "eliminar" la supuesta sede intelectual de la subversión.

Así, en las primeras horas del día 16, un comando armado de no menos de 30 individuos allanó la sede de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) y llegó hasta la residencia de los académicos Jesuitas. Allí se encontraban ocho personas: los sacerdotes Ignacio Ellacuría, Rector; Ignacio Martín-Baró, Vicerrector Académico; Amando López, Coordinador de Filosofía; Segundo Montes, Director del Instituto de Derechos Humanos; Juan Ramón Moreno, Coordinador del Profesorado en Ciencias Teológicas, y Joaquín López y López, fundador de la asociación educativa "fe y alegría"; así como Julia Elba Ramos, cocinera de la residencia académica, y Celina Ramos, su hija de dieciséis años.

Los uniformados, según un testigo presencial, abren fuego contra el edificio; después, sacan a los padres jesuitas al jardín y los acribillan a mansalva. En el interior de la residencia, asesinan a las dos mujeres. Las instalaciones son registradas, y se incendian los libros, documentos y computadoras. Toda la operación se lleva a cabo aproximadamente en media hora.

"El mundo debería estar inmensamente preocupado por lo que significan estas muertes", escribió el P. Enrique González Torres tres semanas después de la masacre. "Nadie puede escaparse de algún grado de responsabilidad: haber dejado que la pobreza se agudizara fue una gran maldad; haber querido combatirla con armas de guerra fue una gran desesperación; haberse sentido libre de culpa fue una gran hipocresía... estos hermanos asesinados son ahora la gran llamada de atención. Por encima de conceptos filosóficos y sociales, sólo con la fuerza de su honestidad y su generosidad, hoy llaman a la justicia, al humanismo, al compromiso por aliviar el dolor y al perdón".

Evidentemente, los mártires de la UCA no encabezaban a la insurgencia, pero durante muchos años fueron promotores de la justicia social y la educación del pueblo salvadoreño y latinoamericano. Asimismo, era reconocido su papel como mediadores en el conflicto armado. Todo esto fue considerado muy peligroso por los sectores militares más retrógrados de El Salvador.

"Si analizamos en retrospectiva este acontecimiento, señala Peter-Hans Kolvenbach, S. J., Prepósito General de la Compañía de Jesús, veremos que la fuente, la motivación y la fuerza de todo lo que aquí ocurrió no fue ni la política ni la ideología; fue, en verdad, el Evangelio vivo. Aquí encontramos a un grupo de hombres que creyeron en la realidad del Evangelio de nuestro Señor y, cómo Él, salieron en defensa del pobre; entendieron que nadie puede llamarse cristiano si no comparte la preferencia de Jesucristo por los pobres".

El P. Kolvenbach asegura que el cobarde asesinato de estas ocho personas fue, de alguna manera, el último acto de la tragedia bélica salvadoreña. El horror que provocó impulsó a todos los habitantes de esa nación a unirse en torno a un esfuerzo de paz y reconciliación, el cual dio sus primeros frutos en los acuerdos firmados en el castillo de Chapultepec en enero de 1992. "El martirio mantiene su profunda significación: el dar la propia vida por otro. Los jesuitas muertos en la UCA mostraron que es posible continuar la tradición educativa de la Compañía en una manera que promueva la justicia y exprese una opción preferencial por los pobres. Estaremos siempre agradecidos por el regalo que estos sacerdotes nos han hecho mediante su sacrificio", concluye el P. Kolvenbach.

*Equipo Editorial


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