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La Doctrina Monroe:

Su Significado y Aplicación Durante el Siglo XIX

 

Rocío Casanueva de Diego

Licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad Iberoamericana. Actualmente cursa la Maestría en Historia en la misma Institución. Es académica del Departamento de Estudios Internacionales en la Universidad Iberoamericana desde 1996. Imparte las materias de Historia de las Relaciones.

 

La Doctrina Monroe es sin duda uno de los grandes temas de la historia de las Relaciones Internacionales del continente americano. Originalmente fue parte del mensaje anual del presidente norteamericano James Monroe al Congreso de los Estados Unidos del 2 de diciembre de 1823; con el tiempo se convirtió en parte fundamental de la política exterior norteamericana. Mucho de su significado descansa en el hecho de que su esencia fue por más de cien años una parte integral del pensamiento norteamericano.1 El mensaje articuló ideas ya bien establecidas en la política exterior de los Estados Unidos. La idea de la separación geográfica, política, económica y social del Nuevo Mundo con respecto al Viejo, destacando los diferentes intereses americanos, datan de antes de la independencia norteamericana; los principios de Monroe complementaron el arraigado aislacionismo (Krieger 1993).

Sin embargo, la declaración de Monroe fue ignorada en gran medida como una guía política durante gran parte del siglo XIX, período de debilidad militar y preocupaciones internas en los Estados Unidos. No sería hasta finales de dicho siglo, con el posicionamiento de Norteamérica con el status de gran potencia, cuando la Doctrina Monroe se convierte en la piedra angular de la política exterior norteamericana.

Este artículo tiene como propósito describir el contexto histórico en el que nace la que será conocida como Doctrina Monroe, la situación a la que responde y su muy arbitraria aplicación durante el siglo XIX.

En 1815 Napoleón Bonaparte es definitivamente derrotado por una alianza de potencias europeas entre las que destacan Inglaterra, Rusia, Prusia y Austria. A consecuencia de estos eventos, se reúnen los vencedores en un congreso, en la capital del imperio austriaco, para Restaurar la Europa pre revolucionaria y firmar la Paz de Viena. Es a partir de entonces que los Estados Unidos deciden volver la espalda al Atlántico, manifestando abiertamente su rechazo hacia las políticas europeas (Eliot, et al 1980).

Por su parte, los europeos establecerán un nuevo sistema de congresos que garantizaría la paz en el continente; se trataba de un procedimiento colectivo para resolver problemas y garantizar la aplicación de acuerdos (Pereira 2001). Este Sistema de Congresos empieza a funcionar en 1818. En el cuarto de ellos, celebrado en Verona -de octubre a noviembre de 1822- España será el tema prioritario por haber triunfado en este país un gobierno liberal, la mayor amenaza a los ojos de los líderes de la Restauración. Francia está decidida a intervenir para derrocarlo y obtiene el apoyo de las demás potencias, a excepción de la Gran Bretaña que se opone radicalmente. En el acta final del Congreso de Verona se aprueba la intervención armada de Francia en nombre de la Alianza. Como resultado de estas acciones, el 7 de abril de 1823 Fernando VII es restituido como monarca absoluto.

Inglaterra verá con temor estos acontecimientos; las potencias de la Santa Alianza podrían apoyar a España en la recuperación de sus colonias en América, envueltas por entonces en guerras de independencia. Esto perjudicaría el rentable comercio que los británicos habían establecido con ellas desde el inicio del proceso independentista (Pereira 2001). Por ello, ofrecen a Estados Unidos la elaboración de una declaración conjunta de oposición contra la intervención europea en América.

Al mismo tiempo, Rusia estaba haciendo avanzar sus puestos comerciales desde Alaska, hacia el Sur, hasta la bahía de San Francisco. En Septiembre de 1821, el zar Alejandro I emitió un úkase por el cual extendía Alaska hasta la latitud 51° N, muy adentro de la zona de Óregon, y declaraba mare clausum desde ahí hasta el estrecho de Bering. (Eliot, et al 1980)

Si bien los norteamericanos se negaron a aceptar la fórmula de una declaración conjunta con Inglaterra, el día 2 de diciembre de 1823, James Monroe, presidente de los Estados Unidos, presenta en su discurso anual algunos pasajes sobre relaciones exteriores que dejarán clara la posición de los Estados Unidos en política exterior. Resumiendo la Doctrina en las palabras del presidente:

a) "Los continentes americanos... no podrán considerarse ya como campo de futura colonización por ninguna potencia europea."

b) "El sistema político de las potencias aliadas es esencialmente distinto... del de los Estados Unidos de América. Considerando todo intento de su parte por extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad."

c) "No nos hemos entrometido ni hemos de entrometernos con las actuales colonias o dependencias de ninguna potencia europea."

d) "Nunca hemos intervenido en las guerras de las potencias europeas sobre cuestiones concernientes a ellas, ni se aviene a nuestra política hacerlo."(Eliot, et Al 1980, 239)

"América para los americanos" es el lema que, para muchos, resume los principios de Monroe. Aunque el discurso fue bien acogido por la opinión pública, fueron pocas las personas que apreciaron su verdadero significado.

Los motivos por los cuales los Estados Unidos rechazaron la propuesta británica de una declaración conjunta, dejan clara su significación: si bien esta negativa se debió en parte a que los norteamericanos querían evitar echar todo el peso de los Estados Unidos en la balanza del poder británico (que era precisamente lo que buscaban los ingleses), mucho más importante fue que Canning, ministro inglés, proponía que ambos bandos se comprometieran a no adquirir ninguna parte de la América española. Tal compromiso podría resultar un inconveniente en caso de que Cuba, aún española, votara por unirse a los Estados Unidos (Eliot, et Al 1980). En otras palabras, Inglaterra podría pretender frenar el expansionismo norteamericano (Renouvin 1998).

En efecto, desde sus inicios los Estados Unidos buscaron la expansión en el continente americano "con extraordinaria fijeza de propósito". Antes de terminar el siglo XVIII habían firmado una serie de tratados para fijar los límites con Canadá y la Florida en su favor; habían abierto el río Mississippi al comercio norteamericano y empezaron a establecer intereses comerciales en las Indias Occidentales británicas. Esta primera etapa culminó en 1803 con la compra a Francia de la Louisiana, que dio a la joven nación un inmenso territorio sin fronteras definidas al oeste del Mississippi, así como reclamaciones de territorios españoles de Florida y de Texas.2 La expansión territorial a través de la América del Norte, particularmente su avance hacia el Oeste, era considerada un asunto exclusivamente interno, y no una cuestión de política exterior. Era considerada "Destino Manifiesto" (Eliot, et al 1980). Como consecuencia, durante el siglo XIX, la política exterior de los Estados Unidos fue básicamente natural: realizar el Destino Manifiesto del país, y evitar mantenerse libres de compromisos en ultramar. (Eliot, et al 1980)

Así, ante la amenaza de una posible incursión de la Santa Alianza en América, la Doctrina Monroe convertía en un foso protector al océano Atlántico. Si hasta entonces, la regla fundamental de la política exterior norteamericana había sido que los Estados Unidos no se dejarían enredar en las luchas europeas por el poder, la Doctrina Monroe daba el siguiente paso al declarar que Europa no debía inmiscuirse en los asuntos de América. "Y la idea de Monroe de lo que constituía los asuntos americanos de todo el hemisferio occidental era realmente expansiva." (Eliot, et al 1980)

Además, esta doctrina anunciaba audazmente que los Estados Unidos estarían incluso dispuestos a ir a la guerra para sostener la inviolabilidad del continente americano porque considerarían toda extensión del poder europeo, en cualquier parte del hemisferio, una amenaza para la paz y la seguridad.

De esta manera era como los Estados Unidos daban la espalda a Europa y se otorgaban la libertad de extenderse por el continente. Así, la nueva nación, al amparo de la doctrina Monroe, podía aplicar políticas muy cercanas a las de los monarcas europeos de su tiempo: extender su comercio y su influencia, anexarse territorios y, en suma, convertirse en una gran potencia. Es también de notar que "Nunca chocaron el afán de expansión de los Estados Unidos y su creencia de que constituían un país más puro y de mejores principios que ninguno de Europa. Como no consideraban política exterior su expansión, los Estados Unidos pudieron valerse de su fuerza para imponerse -sobre los indios, sobre México y en Texas- y hacerlo con la conciencia tranquila. En pocas palabras, la política exterior de los Estados Unidos consistiría en no tener política exterior." (Eliot, et al 1980)