No obstante el carácter unilateral de las declaraciones del entonces presidente Monroe, los ingleses ofrecieron su apoyo a la doctrina con los cañones de la Marina Real. A pesar de que era una clara advertencia a las potencias europeas para que se mantuviesen fuera de América, el mensaje no era para ellos; su respuesta fue apoyar una causa que a ellos también les beneficiaba. De hecho, era la Marina Real británica la que protegía a los Estados Unidos contra ataques de potencias europeas. Así es, a pesar de su creciente poder en la escena internacional, particularmente en la regional, los Estados Unidos comenzaron a construir su armada hasta 1880.3
Aunque la Gran Bretaña servía como protectora de los Estados Unidos -el cordón sanitario impuesto por la marina británica fue mucho más efectivo que la Doctrina Monroe para separar el Viejo Mundo del Nuevo- (Kennedy 1992), los norteamericanos no la consideraban así; al contrario, era para ellos el mayor desafío a sus intereses y la única amenaza a su prosperidad futura. Sin embargo, la guerra entre ambos países era muy poco probable: la exportación de capital y artículos manufacturados británicos a Norteamérica y la importación por Gran Bretaña de materias primas estadounidenses (especialmente algodón) unían más que nunca a las dos economías (Kennedy 1992). Además, los Estados Unidos estaban seguros de que, en caso de crisis, podrían contar con la potencia europea ya que sus intereses eran idénticos a los de ellos y su potencia naval bastaría para impedir cualquier tentativa de intervención (Renouvin 1998). A pesar de todo esto, no es de sorprender que, en los últimos años del siglo XIX, cuando los norteamericanos empezaron a inclinar la balanza de poder a su favor (al menos en el continente americano), se propusieron anular la influencia británica invocando precisamente la Doctrina Monroe (Kissinger 1994). A partir de 1897, los Estados Unidos comenzaron a desplazar a la influencia inglesa del área del Caribe y del norte de Sudamérica (Boesner 1982).
La primera aplicación clara y directa de la Doctrina Monroe la encontramos en la anexión de Texas a los Estados Unidos. Polk fue el primer presidente que apeló a los principios de Monroe, dándoles tal nombre. Efectivamente, justificó los hechos utilizando como argumento el peligro que significaba para los Estados Unidos el que el Estado independiente de Texas se aliara o se convirtiera en la dependencia de una nación extranjera más poderosa, convirtiéndose así en una amenaza para la seguridad norteamericana.
Sin embargo, el mismo presidente Polk adopta una actitud muy diferente en relación con los acontecimientos en la desembocadura del Río de la Plata, en donde Francia y Gran Bretaña establecieron un plan conjunto de intervención armada. Polk distingue entre una iniciativa europea, cuyo objetivo fuese una expansión territorial, y la que atentara a la soberanía de un Estado americano. En el primer caso, los Estados Unidos harían todo lo posible para impedirlo; en el segundo, no permanecerían indiferentes. Con esta distinción, el presidente norteamericano limitaba, implícitamente, el campo de aplicación de la Doctrina Monroe a las regiones en que la Unión poseía intereses vitales (Renouvin 1998). Esto explica por qué, a lo largo del siglo XIX, hubo muchas contravenciones de la Doctrina Monroe que suscitaron poca o ninguna reacción estadounidense, pese incluso a que los países afectados solicitaron su intervención invocando esta doctrina. Como ejemplos podemos mencionar cuando Gran Bretaña extendió sus posesiones en Belice e islas de la Bahía (1830, 1840-41, 1852); cuando ocupó las islas Malvinas (1833); cuando consolidó su protectorado en Mosquitia, el río San Juan y la isla del Tigre en Nicaragua (1835-1849); cuando intervino junto con Francia en la región del Río de la Plata (1838-1850), buscando imponer la libertad de navegación y comercio contra la oposición del dictador argentino Juan Manuel Rosas y cuando Francia ocupó Veracruz (1838) (Boesner 1982).
La Guerra de Secesión ofreció a Europa la posibilidad de volver a desempeñar un papel activo en el continente americano. La aplicación de la doctrina Monroe se hallaba en suspenso, e incluso la existencia de los Estados Unidos como tal estaba amenazada. Pruebas de ello son, por una parte la intervención francesa en México y la imposición de Maximiliano como emperador para favorecer el establecimiento de una zona de influencia, (tan anhelada por Napoleón III) en dicho territorio (Renouvin 1998).Y por otra, la ocupación española en tierra dominicana en el año de 1861. Para entonces los Estados Unidos ya se encontraban en plena crisis secesionista y estaban en mala postura para invocar la Doctrina Monroe (Boesner 1982).
Si durante la Guerra de Secesión, se interrumpió el interés expansionista, no sería por mucho tiempo. En 1868 el presidente Andrew Johnson justificó nuevamente la expansión por medio de la Doctrina Monroe, esta vez con la compra de Alaska al zar de Rusia.
Algunos años después, de conformidad con la idea de que el Caribe y Centroamérica formaban parte de la esfera de influencia exclusiva de los Estados Unidos, el presidente Rutherford Hayes enunció en el año 1889 un corolario a la Doctrina Monroe: "Para evitar la injerencia de imperialismos extra continentales en América, los Estados Unidos debían ejercer el control exclusivo sobre cualquier canal interoceánico que se construyese." (Boesner 1982, 201-202). Dejaban así las bases de la posterior apropiación del canal de Panamá.
A partir de la década de 1880, el vertiginoso crecimiento del capitalismo norteamericano provocó que los monopolistas triunfantes miraran más allá de las fronteras de su propio país, influyendo sus ideas expansionistas en la política de Washington y en el pensamiento de los norteamericanos, educados en el espíritu del Destino Manifiesto y de la Doctrina Monroe, interpretándola como un llamado para que los Estados Unidos asumieran la protección y el control de las naciones más débiles. La corriente general del espíritu nacional estadounidense se inclinaba hacia una política imperialista (Boesner 1982). La Doctrina Monroe y su aplicación en el continente, en donde la amenaza europea había quedado en el pasado, se adaptará a los nuevos objetivos, pero eso ya pertenece a la historia del siglo XX.
Retomando lo escrito hasta aquí, podemos concluir que, durante el siglo XIX, la defensa de los principios que estableciera el presidente Monroe dependieron mucho más de los intereses de la Gran Bretaña y de su poderosa armada. Estos principios originalmente fueron una declaración de autodefensa y de afirmación del principio de seguridad nacional. Eran una justificación y defensa del expansionismo de los Estados Unidos, objetivo fundamental del Destino Manifiesto. Esta política expansionista, además, no formaba parte de su política exterior ya que era considerada un asunto exclusivamente interno. La doctrina Monroe, por otra parte, fue lo suficientemente maleable para ajustarse a las necesidades del presidente que la utilizaba. Sus principios también fueron defendidos arbitrariamente dependiendo siempre de los intereses norteamericanos en el continente.
Si bien se puede discutir que en sus orígenes este mensaje fuera una mera declaración o que ya la intervención europea había sido conjurada por la amenaza de la armada inglesa, en lo que no cabe duda, y probablemente en esto radique la importancia de la Doctrina Monroe, es que se propuso, y consiguió, levantar la bandera de la política exterior norteamericana ante el mundo, y plantarla tan firmemente en la conciencia nacional norteamericana, que ningún presidente posterior se atreviese a arriarla (Eliot, et al 1980).
NOTAS:
1. Reading in American Foreign Policy, American foundation for political education, Chicago, 1953.
2. Napoleón Bonaparte buscaba, con esta venta unilateral, afirmar el poder de los Estados Unidos y darle con ello a Inglaterra un rival marítimo que abatiera su orgullo. Kissinger Henry, La Diplomacia, Fondo de Cultura Económica, 1994
3. La armada que tuvieron hasta entonces era tan pequeña como la de Chile o Brasil.
BIBLIOGRAFÍA:
Krieger Joel, The Oxford Companion to Politics of the World, Oxford University Press, NewYork, 1993
Eliot Morison Samuel, et. Al. Breve Historia de los Estados Unidos, Fondo de Cultura Económica, 1980
Pereira Juan Carlos (coord..) . Historia de las Relaciones Internacionales Contemporáneas, Ariel, 2001
Renouvin, Historia de las relaciones internacionales, Akal Ediciones, Madrid, 1998.
Kennedy, Paul, Auge y caída de las grandes ptencias, Plaza & Janés, Barcelona, 1992
Boersner Demetrio, Relaciones Internacionales de América Latina, editorial Nueva Imagen, México, 1982
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